La iglesia

Esta afirmación poco se ajustaba a la realidad de un retablo construido en yeso y estructurado en dos pisos y tres calles decoradas con un conjunto de sencillas pinturas y esculturas en las que se observa el gusto historicista de la época (nacional-catolicismo), al combinar la estética renacentista en lo que a la estructura de la obra se refiere con cierto aire barroquizante en las cuatro pinturas localizadas en las dos calles laterales. Si bien el retablo se completa con sencillos relieves escultóricos, el peso decorativo recae en estas cuatro pinturas, en las que se muestran distintos hechos relativos a destacados miembros de la Merced así como al propio monasterio. En la pintura ubicada en el primer piso del retablo, empezando por el lado del Evangelio, se muestra la representación del acontecimiento que dio origen al monasterio: la aparición de la Virgen sobre un olivo ante la sorpresa del pastor Pedro Nobés, que muestra el extraordinario hecho al marqués de Atrosillo. Esta escena tiene su continuación en la pintura del lado de la Epístola, donde se desarrolla una escena complementaria protagonizada por san Pedro Nolasco, fundador de la orden, que mientras reza ante el crucifijo experimenta una visión en la que una pareja de soldados musulmanes intentan cortar inútilmente el olivo, que crece imparable a pesar del pérfido ataque.

Las pinturas de la parte superior reproducen escenas de la vida de miembros de la Merced. El cuadro ubicado en el segundo piso del Evangelio está dedicado a san Serapio, que, vestido con el hábito de la orden y atado a una cruz en forma de aspa, sufre martirio a manos de dos verdugos de apariencia musulmana que se disponen a cortar sus miembros con un sable mientras el santo eleva su mirada al ángel, que se acerca con las palmas del martirio. San Ramón Nonato protagoniza la pintura ubicada en el piso superior de la Epístola, en la que aparece en actitud orante ante una gran custodia mientras un fraile mercedario le entrega el capelo cardenalicio.

La conclusión que se puede extraer de este conjunto de cuatro pinturas es que se trata de un repertorio de escenas (el martirio y las visiones con rompimiento de gloria) elegidas para conmover la emoción del fiel y a las que se intenta dar fallidamente, un tratamiento tendente a lo teatral por medio de la recreación de un ambiente claroscurista. Sin embargo, lo cierto es que el resultado muestra una representación ingenua y carente de toda capacidad expresiva debido al acartonamiento y al hieratismo de los personajes y de las escenas.

Siguiendo el esquema del retablo del siglo XVII, el cuerpo central, flanqueado por toscos relieves de angelotes, queda reservado al camarín, donde se ubica una reproducción de la imagen original de la Virgen del Olivar, que también se destruyó en la Guerra Civil. El 8 de septiembre de 1939, tan solo cinco meses después de firmarse el último parte de guerra, la comunidad del Olivar festejaba una solemne celebración de restauración en la que participaron gentes venidas de los pueblos vecinos y mercedarios llegados desde Barcelona. Tratándose de la ceremonia de restauración del culto, no podía faltar entre los actos programados la bendición de la nueva escultura de la Virgen que iba a presidir el templo tras la pérdida de la original. La talla había sido realizada por el escultor de Barcelona Alfonso Pérez Fábregas siguiendo el esquema usado tradicionalmente en las imágenes marianas, es decir, esbelta y de pie, con rostro níveo y sujetando al niño en su brazo, lo que contrastaba con la Virgen de tradición románica, sentada y morena, a la que estaban acostumbrados los fieles y los frailes del Olivar. El contraste entre una y otra era más que evidente, lo que pudo provocar que los fieles y los frailes no llegaran a identificarla con "su Virgen del Olivar", por lo que encargaron en 1954 la realización de una nueva talla que reprodujera la que tradicionalmente había presidido el camarín. En un primer momento el trabajo fue encomendado a José María Ponsoda, popular escultor de la época afincado en Valencia; sin embargo, el tratamiento esbelto y bello que imprimía a la pieza no terminaba de convencer a los frailes, que buscaban una imagen diametralmente opuesta. Fue por ello que trasladaron el encargo al zaragozano taller de arte sacro dirigido por Manuel y Leopoldo Navarro; sirviéndose de las fotografías y de los grabados en los que aparecía la Virgen del Olivar, así como de los testimonios de los frailes que habían llegado a conocerla, los Navarro dieron forma a esta nueva imagen, instalada y bendecida en la ceremonia del 2l de mayo de 1955.

Aunque la talla reproducía el prototipo de Virgen románica, los testimonios recogidos por fray Joaquín Millán dejan entrever que tampoco esta pareció convencer a los fieles, "pues tenían un recuerdo idealizado de la que fue quemada y la memoraban vestida", así que de nuevo se propuso su reforma, esta vez definitiva, a cargo de Pablo Serrano, escultor ya relevante en el panorama artístico de aquellos años y que poseía otras tres cualidades que lo hacían especialmente idóneo para la tarea: era originario del cercano pueblo de Crivillén, había sido miembro de la orden salesiana y en sus inicios había demostrado poseer un gran dominio de las técnicas de la imaginería religiosa tradicional. En 1957, pues, Pablo Serrano se trasladó al monasterio y retalló el rostro de la Virgen para darle "una forma de antigüedad, hermosura y  espiritualidad" en palabras de fray Joaquín

La imagen realizada por Pérez Fábregas, no obstante, tuvo también asiento en el monasterio y en la actualidad preside la escalera monumental que arranca en el claustro.

La decoración del templo continúa en las cuatro capillas laterales, a las que se accede a través de arcos de medio punto. Las capillas, separadas por anchos pilares y cubiertas mediante bóvedas de medio cañón con lunetos sin ningún tipo de nervadura, reciben decoración pictórica solamente en el arco de acceso y en el centro de la bóveda, quedando lo demás en color blanco al igual que en el resto de la iglesia. Dicha decoración mural consiste básicamente en una serie de motivos vegetales y geométricos, muy acordes con el repertorio decorativo del estilo renacentista: grecas, flores, veneras, etc.

Las capillas están dedicadas al Sagrado Corazón, la Virgen de la Merced, Santa María de Cervellón y san Pedro Nolasco, aunque antiguamente tuvieron otras advocaciones. Respecto a los retablos que albergan, se puede establecer una diferenciación entre los situados en la zona de los pies y los correspondientes a las capillas más cercanas a la cabecera debido a la diferente factura y origen de unos y otros. Los primeros en llegar a la iglesia del Olivar fueron los dos más próximos al altar mayor, Como ya se ha señalado anteriormente, ambos fueron realizados en 1944 por la misma cuadrilla que se encargó de levantar el retablo mayor, con un planteamiento semejante en la estructura arquitectónica de gusto clasicista, decorada con policromía y acompañada de lienzos en los que se representan escenas diversas, y con un resultado semejante al obtenido en el de la cabecera. El retablo de la Epístola está dedicado a la Virgen de la Merced, acompañada en los laterales por dos lienzos. En el primero de ellos se representa un momento clave de la fundación de la orden mercedaria con san Pedro Nolasco, Jaime I y san Raimundo de Peñafort ante la Virgen, que fue quien les inspiró la creación de esta orden dedicada a la liberación de cautivos. El segundo lienzo, réplica de una obra de Jerónimo de Espinosa, está dedicado de nuevo a san Pedro Nolasco mientras presenta un novicio a Jesús y la Virgen María.

Frente a é1, en el lado del Evangelio, un retablo reproduce la misma estructura, pero con una advocación distinta; en este caso, el conjunto está presidido por Santa María de Cervellón, la primera religiosa mercedaria, considerada protectora de los navegantes, como bien indica el navío que porta en sus manos. Siguiendo el mismo esquema que el anterior, los cuerpos laterales se reservan para la  representación pictórica de las escenas de la Samaritana y el Buen Pastor.

En cambio, los retablos que decoran las capillas situadas a los pies del templo no fueron realizados ex professo para el Olivar, sino que pertenecían a la iglesia que la Merced tenía en Lérida y fueron trasladados a Estercuel, en fecha sin concretar, al perder el templo leridano su función devocional. Ambos salieron del taller de García Ripoll en 1948, por lo que comparten una concepción artística similar y muy alejada de la que se plasmó en los ya comentados, que se traduce en el uso de un lenguaje más recargado, de inspiración barroca, y en la profusión del dorado. Dentro de la precariedad de la época, estos retablos muestran una mayor riqueza material y un mejor tratamiento plástico, con un resultado mucho más digno y atractivo.

El retablo dedicado al Sagrado Corazón sigue una estructura muy sencilla presidida por la imagen de Jesús Redentor, al que flanquean dos ángeles que portan los símbolos de la Pasión de Cristo. Frente a este, en el lado del Evangelio, está situado el otro retablo traído desde Lérida, dedicado en este caso a san Pedro Nolasco y a san Ramón Nonato; el primero, como fundador de la Orden de la Merced, aparece en el centro de la composición, mientras que el segundo está representado a través de las cuatro escenas de los laterales donde se narran acontecimientos destacados de su vida: su presentación en el templo, sus momentos de oración a la Virgen abandonando la labor de pastoreo, recibiendo la profesión de manos de san Pedro Nolasco y dando la comunión, como buen mercedario, a los cautivos.

Al observar el conjunto interior de la iglesia, se contempla hoy un espacio que poco tiene que ver con el esplendor que mostraba en el siglo XVIII: la belleza del continente arquitectónico contrasta con la humildad de los bienes muebles que contiene ahora en sustitución de los desaparecidos en 1936.