La iglesia

La construcción del actual monasterio dio comienzo con la edificación de la iglesia en el siglo XVI de la mano de fray Jaime Lorenz. Durante el período en que fue comendador se construyó, como ya se ha señalado, la zona comprendida entre la cabecera y el púlpito, siendo lo más destacado de esta fase el tratamiento mudéjar que recibió el exterior correspondiente a esta zona. La robustez de los contrafuertes se desmaterializaba gracias al bello trabajo de ladrillos que tapizaba su superficie y que se extendía hasta el alero dibujando aspas alternadas con frisos que reproducían motivos geométricos gracias a la variada disposición del ladrillo. Desafortunadamente, la riqueza decorativa de la cabecera se ocultó años después, bajo el mandato del padre Juan Durango, con la construcción en el lado norte de la iglesia de un refectorio, de un noviciado y de una edificación que rodeaba el ábside. El bello trabajo mudéjar permaneció oculto hasta l975, año en el que, aprovechando la  reforma del tejado, se derribó este conjunto arquitectónico anejo debido a los problemas de humedad que generaba y a que carecía de valor artístico. 

Fue el propio Durango quien puso fin a las obras de la iglesia con la construcción del atrio porticado, a través del cual los fieles accedían al templo. Se trataba de un espacio de gran altura, abierto al exterior por cuatro arcos de medio punto decorados en sus enjutas con delicados motivos vegetales. La puerta de entrada, de evidente sabor clasicista, estaba rematada con un frontón triangular partido, presidido todo ello por la letanía Quasi oliva speciosa in campis -'Como oliva hermosa en los campos de aquel desierto' (Eccl. 24,19)-, dedicada a María y que por sus connotaciones resultaba idónea para dar la bienvenida a todo aquel que se acercaba al templo del Olivar.

En lo que respecta al interior, se proyectó una iglesia de diseño sencillo, similar al de otras iglesias de la zona, como la de Ejulve o la de Andorra, consistente en una planta de nave única de tres tramos y capillas laterales, todo ello rematado con una cabecera de perfil semicircular. El acceso al templo se efectuaba desde dos puntos distintos en función de la naturaleza de los fieles, desde el claustro, por donde entraban los religiosos, y desde el atrio porticado, por donde lo hacían los seglares. En el interior y sobre el primer tramo se elevaba el coro, destinado a los miembros de la comunidad mercedaria, que accedían al mismo desde una puerta que comunicaba el claustro alto con la iglesia. El espacio del templo se completa con las cuatro capillas independientes, de escasa profundad, que se abren en los dos tramos que anteceden a la cabecera. Al fondo, el presbiterio, sobreelevado por medio de tres escalones en alusión a la Santísima Trinidad, que conduce al altar mayor y donde además se encuentra la escalera de acceso a la cripta.

Desde esta zona, en concreto desde el lado de la Epístola (Sur), se accede a la sacristía, mientras que desde el lateral correspondiente al Evangelio (Norte) se llega al pequeño cementerio interior y al acceso que conduce al camarín de la Virgen.

Por lo que respecta al alzado, resulta de la misma sencillez que caracteriza ala planta al constar de dos únicos cuerpos. El primero de ellos corresponde a los arcos de medio punto que dan acceso a las capillas laterales, mientras que el segundo y último cuerpo está ocupado por los vanos de iluminación, alternándose los de medio punto y los de perfil apuntado. La separación entre ambos está marcada por un friso que recorre todo el perímetro del templo, salvo el coro y la cabecera, con la siguiente inscripción: TOTA PULCHRA ES, MARIA, ET MACULA ORIGINALIS NON EST IN TE. TU, GLORIA JERUSALEM. TU, LAETITIA ISRAEL. TU, HONORIFICENTIA POPULI NOSTRI. ('Toda hermosa eres, María, y la mancha original no existe en ti. Tú, gloria de Jerusalén. Tú, alegría de Israel. Tú, honra de nuestro pueblo.'-oración anónima del siglo IV que utiliza diversos textos bíblicos asociándolos a María-).

De este friso nacen los nervios que dan forma a las elaboradas cubiertas de los tres tramos de la nave y de la cabecera, que reproducen los habituales esquemas del gótico final y que son un buen exponente del fuerte arraigo que este estilo tenía en Aragón.

Presidiendo el interior del templo está el altar mayor, ornado con un retablo cuya advocación, como cabía esperar, es la de Santa María del Olivar. La obra que hoy contemplamos fue realizada tras el fin de la Guerra Civil en sustitución del conjunto anterior, que había sido destruido durante la contienda. El antiguo retablo fue realizado entre 1727 y l734 por el mercedario fray Pedro Puey, quien, tras finalizar la obra de Estercuel, se trasladó a Tarazona para realizar  el correspondiente a la iglesia del monasterio que allí tenía la Merced. Gracias a las descripciones, fotografías y grabados conservados, así como a la pervivencia del ejecutado para Tarazona, se puede todavía conocer la magnificencia del retablo desaparecido, que contrasta con lo humilde de la obra actual, carente de valor material e interés artístico, al igual que sucede con los ubicados en las capillas laterales. Sirvan como ilustración estas palabras del padre pedro de Luna reproducidas por Millán Rubio: "[...] es de Columnas doradas, y de unas à otras estàn de pintura en tabla los Misterios de María Santissima, y en medio dentro de un Nicho ò Capillita dorada la Santa Imagen sobre un Pedestal dorado, que està fixo en medio del Olivo, en que se apareciò [...]".

Tras el final de la guerra y con un templo completamente desnudo, surgió la imperante necesidad de amueblar el interior del templo, especialmente el altar mayor. La pobreza artística y material que presenta esta obra evidencia el hecho de que su construcción fuera realizada en yeso y ladrillo por una cuadrilla de albañiles y pintores poco después del conflicto bélico. En concreto, sabemos que su realización, junto con la de los retablos de las capillas laterales, comenzó el 8 mayo de 1944 y se prolongó hasta el 7 de septiembre del mismo año. La bendición del retablo del altar mayor y de los laterales (correspondientes a la primera nave desde la cabecera) no se hizo esperar; después de cinco años, la iglesia recuperaba un poco más su fisonomía mostrándola a los fieles en la misa celebrada el 8 de septiembre, un día después de su finalización. Por los testimonios que nos han llegado, el entusiasmo embargó a los allí presentes, puesto que, a pesar de la pobre calidad de la obra, el sacerdote oficiante señaló: "Ofrece el altar mayor un conjunto armonioso que sorprende con excelente golpe de vista, efecto de acertada combinación de dibujos y colores".