Tiempos de esplendor

El siglo XVII fue la época de mayor prosperidad que conoció el convento. Durante los siglos anteriores había ido creciendo y se había ido consolidando como un monasterio de gran actividad digno de elogio por parte de la orden. El convento, además de impulsar la redención de cautivos, también promovía la evangelización en América. Para llevar a cabo estas empresas fue esencial la labor de fray Jaime Lorenz, natural de La Mata de los Olmos y maestro general de la orden desde 1513, responsable de la expedición llevada a cabo en Túnez, en la que se rescataron a ciento cincuenta y ocho cautivos. Además, según José Altaba Escorihuela, de quien también hemos recogido algunas referencias históricas, fue en aquella época, comienzos del siglo XVI, cuando uno de los monjes de este convento, fray Bartolomé Olmedo, embarcó en Sevilla con destino a México. A finales de siglo, fray Jorge del Olivar, redentor formado en el convento, terminó preso en Argel, tal y como lo narra Cervantes en una de sus obras.

Reflejo también de esa prosperidad y de la importancia que adquirió el convento en la rona son las diversas y concurridas romerías que tuvieron lugar en aquella época. Cada año, en el mes de mayo, los pueblos de la contornada, pero no solo ellos, sino también pueblos más alejados como Perales, Alfambra o Lécera, se acercaban al convento para pedir a la Virgen favores o agradecérselos. Se realizaba una procesión, que culminaba con una ofrenda de cirios que cada pueblo debía colocar ante la Virgen. También existían las romerías con carácter extraordinario, que solían realizarse para protegerse de la peste, la langosta o las sequías. Pero no solo eran colectivas las visitas a la Virgen, pues se tiene constancia de que el convento era lugar de peregrinaje, por Io que recibía  también a fieles de manera individual. Estos peregrinos se encontraban con una pesa en la que se colocaba el devoto, pues en función de su peso la ofrenda variaba. Es conocida también una curiosa práctica, que se realizaba para

Pascua, cuyo conocimiento ha llegado hasta nuestros días a través de la obra del padre Luna, erudito mercedario del siglo XVIII. En aquellas fechas se colocaban unos bastidores con dos lienzos, simulando dos puertas, con varias imágenes pintadas: los Misterios de Dolor, la aparición de la Virgen, el aviso a don

Gil, el pueblo bajando en procesión y la Virgen, entre otras. Los peregrinos que se acercaban al convento pasarían para verlos, enfrentándose a lo que durante tantos años se había contado. Se contaba que si habías sucumbido al pecado no podrías ver la cara de la \4rgen, mientras que, si vivías "en paz con Dios", sí.

Actualmente, se siguen celebrando diferentes romerías que suelen seguir el mismo patrón: los romeros llegan en procesión hasta el convento y asisten a la misa, que se celebra en la iglesia. Después, comen bajo los pinares y la chopera, siendo el vino y los cantos los protagonistas. El primer domingo de mayo son los habitantes de Gargallo los que acuden en romería. El día de la Ascensión, en cambio, son los vecinos de Estercuel los que van a visitar a la Virgen, acompañados algunas veces de los de Lécera y los de La Mata de los Olmos. Los dos primeros pueblos también se juntan en el convento el día de la Virgen del Olivar, que se celebra el primer domingo de septiembre. En Pentecostés y el 24 de septiembre, día de la Merced, se reúnen todos los pueblos de la contornada: Obón, Alcaine, Oliete, Lécera, Cañizar, Ejulve, Estercuel, Gargallo, La Mata, Los Olmos, Crivillén y Alcorisa. En esta ocasión se ofrecen a la Virgen flores y los mejores productos de cada localidad. 

Desde los primeros años del siglo XVII parece ser que el convento ya gozaba de una relativa importancia, como así lo demuestra la celebración en 1605 del Capítulo General de la Orden. Se trata de la reunión más importante de la orden, ya que en ella se encuentran representados todos los miembros de la comunidad, quienes van a escuchar la lectura sobre el estado actual de la institución y van a participar en la evaluación de la programación capitular y la elección del Maestro General y su consejo.

Las razones de la expansión del convento son múltiples y hay que entenderlas en un contexto en el que la Iglesia española gozaba de gran poder y riqueza gracias a los diferentes privilegios, diezmos, rentas y donaciones que recibía. Los conventos, en particular, se habían convertido en una suerte de empresas agropecuarias, poseedoras de grandes extensiones de tierra. Así mismo, el Olivar fue engrosando poco a poco su patrimonio. Una de las razones fue la anexión del pequeño cenobio de San Pedro de los Griegos, situado en el término de Oliete y fundado en 1281, así como de todas sus propiedades.

Pero, quizás, la clave para entender esta época de florecimiento resida en la figura del padre Juan Cebrián. Nacido en Alfambra en 1585, ingresó en este monasterio de la Orden de la Merced, donde fue educado. Más tarde estudiaría Teología en las universidades de Alcalá y Salamanca. Fue prior de Barcelona y vicario provincial, así como calificador del Santo Oficio, y en 7627, con 42 años, fue nombrado Maestro General de la orden, la máxima autoridad. En ese año intentó extender la orden hasta China y Japón, aunque finalmente solo consiguió implantarla en Portugal. En 1632, por mediación de Felipe IV renunció al gobierno de la orden para acceder el cargo de obispo de Albarracín, aceptando el de Teruel tres años más tarde. En 1644 llegaría al culmen de su carrera profesional convirtiéndose en  arzobispo de Zaragoza, virrey y capitán general de Aragón. La comunidad olivareña siempre se sintió orgullosa de la trayectoria seguida por el padre Cebrián, pero su importancia respondía a otra de sus labores, pues fue él quien costeó las obras del actual convento (1627-1632), otorgando a la comunidad el impulso y vitalidad que necesitaba. Y así lo testifica Tirso de Molina, cronista de su generalato, en su obra Historia general de la Merced:

[El convento] esta fundado en un casi desierto bien acomodado para los desahogos espirituales y todo lo caduco. Recibio nuestro habito y profesión en el nuestro maestro Cebrián. Y porque sus edificios padecían los achaques de la senectud (que ni a las piedras jubilan), empleo todas sus industrias y desvelos no solo en remendar, pero en fabricar de nuevo toda aquella casa [...]

Si estuvo o no Tirso de Molina en el Olivar es uno de los enigmas que ni los filólogos ni los historiadores ni los propios miembros de la orden han podido resolver. Fray Gabriel Téllez, nombre real del escritor, era efectivamente un fraile mercedario a quien se pierde la pista desde agosto de 1614 a febrero de 1615. Pese a que no existe ningún documento que verifique que en ese intervalo de tiempo se afincara en el convento del Olivar, algunos estudiosos insisten en la idea de que Tirso de Molina fue confinado en Estercuel, a raíz de la posible polémica desatada por algunas de sus comedias. Esta hipótesis se basa en la coincidencia de esta  "desaparición" con la reanudación del "ciclo aragonés", compuesto por seis comedias en las que predomina el tema del destierro y la soledad y entre las que se encuentra la obra, anteriormente citada, La Dama del Olivar Pero, además, existen dos citas que forman parte de su obra general sobre la historia de la Orden de la Merced que parecen dar a entender que Tirso estuvo físicamente ahí: [Fray Juan Cebrián] era hijo del antiquísimo monasterio del Olivar, cuya soberana y milagrosa imagen, aparecida en los primeros años de nuestra fundación, sobre un olivo que hasta el presente día se conserva en sus ramas y hojas vivo y verde, y no con menos fruto que el de la que nos lo produjo eterno, le hace devotismo e ilustre.

No faltaron leprosos o peores que dixeron lo que contra la Magdalena el Apóstol despensero:”Ut quid perditio ista?” Achacandole que en un desierto era desaprovechada tanta costa [...] como si no fuera de utilidad discreta tener entre el silencio de los montes un recreo para los espíritus devotos [...]

Fruto de la riqueza de aquel período son los conflictos que el convento mantuvo, aunque no solamente en aquellos años, con los habitantes de las poblaciones vecinas y, especialmente, con el barón de Estercuel, con quien tuvo que lidiar por conservar sus propiedades y privilegios, tales como el monopolio del horno y del molino. Entre la documentación del Olivar, abunda aquella referente a estos pleitos, que solían versar también sobre el problema de la mojonación, es decir, hasta dónde llegaban las propiedades de unos y otros, en relación a los pastos, las aguas o la leña. Parece ser que el monasterio lograba siempre conservar su patrimonio. Su suerte, en cambio, variaría dos siglos después.