Las luces y sombras del Siglo XX

A comienzos del siglo XX el convento del Olivar gozaba de una relativa prosperidad, fruto de un lento pero progresivo crecimiento. Hasta el momento, se había visto favorecido por una coyuntura política proclive a mantener el statu quo en la cuestión religiosa. La proclamación de la II República en 1931 supuso una ruptura, en este y otros ámbitos, cuyos frutos no pudieron florecer a causa del estallido de la Guerra Civil en 1936. E " ruptura en materia religiosa iba a convertirse en la concreción de una cultura política que desde el siglo XVIII, y especialmente en el siglo XIX, se había ido desarrollando de la mano de los programas más progresistas. La ansiada modernidad pasaba por privar a la Iglesia de su privilegiado papel en los diferentes ámbitos de la esfera pública y, por ello, uno de los objetivos primordiales era la secularización del Estado. De esto eran conscientes también amplios sectores de la sociedad, en cuyo universo cultural cualquier institución religiosa se asociaba sistemáticamente con el poder con el control social y con una moral que las mismas instituciones religiosas eran las primeras en corromper' Así el pensamiento anticlerical y laicista tendría una secuela radical y violenta, del que este convento, como tantos otros, fue víctima en los primeros y descontrolados momentos de la Guerra Civil.

En aquella época habitaban en el convento 29 frailes (según Millan Rubio, 50 según Altaba) quienes se fueron obligados a abandonar su casa ante la amenaza de la llegada de los milicianos anarquistas. Los días 2 y 3 de agosto los frailes salieron con destino a Zaragoza, pero solo unos cuantos lograron llegar. Los que corrieron peor suerte fueron encontrados y fusilados, tras pasar varios días escondidos en la casa de sus familiares, en los pinares de la Codoñera, en la cueva del Cabezo Gordo, en las inmediaciones de Oliete y Muniesa o en los mases de Híjar. Doce fueron los asesinados. Pero no solo ellos eran objetivo de la inaceptable violencia anticlerical. La imagen de la Virgen, así como el retablo barroco, el archivo o la biblioteca del convento fueron quemados. Estas prácticas iconoclastas, junto a la exhumación de tumbas que también tuvo lugar, repetidas a lo largo y ancho de España, deben situarse además en el marco de una contienda en la que la Iglesia se encontraba claramente a favor del bando sublevado y en la que la desaparición de todo símbolo religioso significaba la tan deseada extinción del viejo orden.

De lo ocurrido en el convento en aquellos años deja constancia Joan sales, escritor catalán enviado a Estercuel los meses de julio y agosto de 1937, en sus obras Cartes a Marius Torres e Incerta Gloria. Un buen testimonio que nos traslada a aquel período, ofreciéndonos un interesante enfoque sobre cómo se tuvieron aquellos años en Estercuel.

Uno de los más prestigiosos mercedarios salidos del Olivar, Mariano Alcalá Pérez, nacido en Andorra, también perdió la vida en aquellos días de sangre. Se había ordenado en Roma donde se doctoró en Teología y desde donde ocupó el cargo de Maestro General de la Orden a partir de l9ll. Tres  años más tarde, dimitió del cargo y decidió trasladarse a Lérida para dedicarse a la cura de almas. Allí residió hasta el fatídico año de 1936, momento en el cual marchó a su pueblo natal. En septiembre de ese mismo año, sería fusilado junto a varios andorranos, entre los que se encontraban algunos de sus familiares.

En 1958, tras la caída de Teruel, las tropas del bando sublevado lograron llegar hasta el Mediterráneo, quedando el convento en zona franquista. Los frailes mercedarios, encabezados por el padre Isidoro Covarrubias, pudieron entonces regresar, con lo que comenzó para el convento una nueva etapa favorecida por el nuevo régimen y el lugar privilegiado que este otorgó a la Iglesia, pero, a su vez, caracterizada por el esfuerzo y sacrificio de muchos frailes, que no cesaron en su empeño por sacarlo adelante. Entre ellos se encuentran el padre Severino Peláez, con quien se hizo en 1945 el salto en el Molino del Tormegal para la central eléctrica (en 1960 se obtendría ya luz de la red general); el padre Tomás Blanco, que compró un tractor; el padre Tomás, quien en 1964 instaló granjas de cerdos e intentó hacer más accesible la carretera hasta Estercuel (pues no sería hasta l985 cuando la Diputación de Teruel llevara a cabo el asfaltado de la carretera); o el padre Lacasa, con quien se restableció de nuevo el noviciado en 1976 (el monasterio siempre había sido casa de formación; tras la guerra y la apertura del convento de El Puig, los estudios de Filosofía y Teología se trasladaron allí dedicándose el Olivar exclusivamente ala formación de novicios). Dos años antes, se habían inaugurado las instalaciones deportivas y se habían acondicionado diferentes salas con el fin de acoger colonias. El Olivar, por otro lado, continuó siendo un lugar de especial relevancia en la vida de los pueblos vecinos, entre otras cosas, porque se encargaba de las parroquias de muchos de ellos, tal y como ocurre en la actualidad. 

La conmemoración del I Centenario de la Restauración de la Orden, en agosto de 1978, supuso tanto para el convento como para la orden un nuevo e importante impulso' Se celebraron unas jornadas espirituales y se contó con la presencia del prelado de la diócesis de Teruel, monseñor Iguacen Borau; el maestre general de la orden, Fr. Doménico Acquaro, italiano; y los superiores provinciales de Aragón, Castilla, Ecuador, Chile e Italia.

Los años ochenta resultaron muy fructíferos para el convento. Con la llegada de la democracia, la cultura encontró un lugar en la agenda de las instituciones locales, provinciales y regionales, pudiendo el convento beneficiarse de las ayudas prestadas por la DGA. Tuvo así la ocasión de disfrutar, contando también con el decisivo apoyo de la Provincia Mercedaria de Aragón y de diversos donantes, de una acertada restauración, que vino además acompañada de la conversión de parte del edificio en una hospedería "para las personas que desean hacer un alto en su vida y dedicar unos días al descanso, a la reflexión o al estudio”. El 24 de julio de 1982 se firmaría un real decreto declarando al monasterio del Olivar "monumento histórico-artístico". Había llegado, por fin, el reconocimiento de tantos años de trabajo, en los que destacaron el tesón y la voluntad de muchos por hacer justicia a un lugar cuya importancia histórica obligaba a rescatar del olvido.