Años oscuros

El estallido de las revoluciones liberales en España supuso un duro golpe para este tipo de instituciones religiosas. Los liberales se encontraban sumergidos en la difícil tarea de construir un nuevo Estado y debían llevarlo a cabo en un escenario poco favorable, la Guerra de la Independencia primero y las guerras carlistas, después. Para solucionar con éxito ambos problemas, necesitaban con urgencia aumentar los ingresos de la hacienda pública y con ese objetivo impulsaron la desamortización eclesiástica. En l8ll, bajo el gobierno de José Bonaparte, se decretó el cierre de todos los conventos. En febrero de ese año, veintitrés religiosos del Olivar tuvieron que marcharse, cuidándose antes de esconder los objetos de oro y plata en la colegiata de Alcañiz. Con el fin de la Guerra de la Independencia y la vuelta de Fernando VII, los mercedarios del Olivar pudieron volver en el verano de l814, viéndose obligados a vender algunas de sus propiedades situadas en Ariño para poder recuperarse del expolio sufrido durante aquellos años. La siguiente exclaustración se produjo con la llegada al poder del liberal progresista Mendizábal en 1835, quien pondría en marcha un nuevo proceso de desamortización eclesiástica. A comienzos ya de l836 los bienes inmuebles del convento pasaron a manos del Estado, quien no tardaría en ponerlos en venta. Las órdenes religiosas fueron, además, suprimidas, lo que supuso la desactivación de la orden en España. Todos los bienes del convento salieron a subasta, salvo el edificio conventual que, a cargo del Ayuntamiento de Estercuel, estuvo en arriendo durante seis años a 4.349 reales de vellón anuales.

Tras el fin de la primera guerra carlista en 1840, el convento pasó a engrosar las propiedades de los marqueses de Palafox y de Lazán, tal como había ocurrido con gran parte del conjunto de los bienes desamortizados a la Iglesia, que fueron adquiridos bien por burgueses, bien por la vieja nobleza propietaria.

Los años pasaron y pesaron en aquel edificio que tanta vida había albergado y que entonces, y durante muchos años, tuvo que sobrevivir sin aquello que le daba sentido. Por fin, la esperanza llegó para los mercedarios en la época de la Restauración a través de una carta que el vicario general, José María Rodríguez, envió al comisario provincial de Aragón y Navarra, fray Benito Rubio Alcaine: "Y a propósito, toda vez que existe todavía nuestro convento de El Olivar en desierto, con la ventaja de que se haya reconocido como propietario el señor

Marqués de Lazán, y toda vez que aún viven tres Padres pertenecientes al mismo, ¿no podríamos concebir un proyecto para restaurar allí nuestra orden en España, ahora que al parecer consiente el Gobierno vuelvan al claustro algunas comunidades religiosas? "(Abril 1877).

La iniciativa ya estaba tomada, solo faltaba el consentimiento de los entonces propietarios, los sucesores de los marqueses, y del cardenal de Zaragoza, quienes parece que no pusieron ningún impedimento, y del gobierno central, quien sí debió de poner trabas a los trámites, pues el padre Benito Rubio tuvo que trasladarse hasta Madrid y acudir al Secretariado de Gracia y Justicia, el cual, finalmente, dio el visto bueno. En mayo de 1878 llegó el esperado decreto real que permitía la restauración de la Orden de la Merced en el convento, la cual se consumaría con su reinauguración el 10 de agosto. La nueva comunidad aceptó las nuevas bases acordadas por el padre Benito Rubio: observancia de Regla y Constituciones, vida común, reduciendo a Io necesario las relaciones con seglares, servir a la Iglesia y a la sociedad con la enseñanza pública de humanidades, la predicación y la prestación de ejercicios espirituales para clero y pueblo fiel y culto asiduo en el santuario. Los doce ancianos mercedarios que habían regresado tuvieron además que entregarse en sus últimos días de vida a la recuperación de un santuario que sufría las consecuencias de más de cuarenta años de dejadez y abandono.

De esta situación también fueron en parte responsables las diferentes partidas carlistas que hicieron de esta zona, tan próxima al Maestrazgo, principal foco carlista, centro de abastecimiento. Se tiene constancia de que a fines de la primera guerra carlista (1833-1840) hicieron uso de los bienes del convento y de que durante la tercera y última guerra carlista (1872-1875) el convento sirvió de hospital.

Tras la reinauguración, el convento volvía a brillar. En 1881 se estableció el noviciado, a iniciativa del maestro general pedro Armengol Valenzuela, quien entendió que el futuro del convento, así como el de la orden, dependía de la renovación generacional. Acudieron al Olivar nuevos religiosos, entre los que se encontraba el ecuatoriano Guillermo Bravo, cronista del convento, convirtiéndose éste en la punta de lanza de la orden, pues a raíz de su consolidación se reabrieron otras .asa" (la" d. Lérida, San Ramón, Barcelona, Mallorca, El Puig).

Por fin, en 1894, el padre Luis Prat consiguió lo que durante tantos años habían intentado otros: la donación a la orden del convento y de sus fincas, todavía en manos de Joaquina Ángeles Rebolledo de Palafox y Guzmán, marquesa de Navarrés y Cañizar. Terminado el siglo, el Olivar demostraba que había logrado resurgir de sus propias cenizas.