La construcción del complejo actual

La construcción del actual convento fue decidida por fray Jaime Lorenz, oriundo de la vecina localidad de La Mata de los Olmos, quien fue nombrado comendador del Olivar en los últimos años del siglo XV Las instalaciones conventuales que había a su llegada habían sido levantadas en el siglo XIII y reformadas en años sucesivos. Sin embargo, las pequeñas dimensiones de la iglesia y el período de naciente esplendor que empezaba a vivir la comunidad mercedaria de Estercuel llevaron al fraile a levantar un nuevo templo más amplio, cuya edificación se organizó en tres períodos consecutivos' La primera de estas fases se inicio en 1512, bajo el impulso de Lorenz, con el arranque de las obras de construcción del tramo habido entre la cabecera y el púlpito de la iglesia. Entre 1547 y 1561 se desarrolló la segunda fase, correspondiente al mandato del comendador fray Pedro Xalón, que abarcó desde el púlpito hasta los pies de la iglesia, poniendo prácticamente fin a las obras del templo, a falta de lo realizado por el padre Juan Durango, al que se debe la última actuación, con la edificación del atrio a finales del siglo XVI.

Estas dos fases promovidas por Lorenz y Xalón se evidencian en el aspecto exterior del templo, concretamente en el material constructivo empleado, pues mientras en la cabecera se utilizó el ladrillo, en el cuerpo de naves es de mampuesto el muro y de sillares bien trabajados los contrafuertes. Así mismo, la calidad artística es bien distinta entre una y otra zona al contrastar la belleza del trabajo mudéjar del ladrillo visible en la cabecera y sus contrafuertes con la rudeza de la piedra desnuda e irregular del resto del edificio.

Durante la época de construcción del templo las obras acometidas en el resto del convento se limitaron a la reorganización espacial del mismo para obtener un mejor provecho de las instalaciones y la construcción en el lado norte de la iglesia, a iniciativa del padre Durango, de un refectorio, de un noviciado y de una edificación que rodeaba el ábside; el complejo religioso mostraba así una iglesia bella y amplia, que contrastaba con lo desfasado del resto del conjunto. El momento de su renovación no llegó hasta 1627, un siglo más tarde, dentro de un contexto muy especial, caracterizado por el gran auge que venía  experimentando el culto a la Virgen del Olivar y que se evidenciaba en las multitudinarias romerías y en la cantidad de testimonios que hablaban de  milagros atribuidos a la Virgen; a todo ello, se sumaba el período de bonanza económica que vivía el monasterio y la presencia de fray Juan Cebrián como comendador desde 1615, que fue quien impulsó la construcción del nuevo cenobio. Cebrián, como ya se ha dicho, fue una figura esencial para el Olivar, puesto que su privilegiada posición sin duda determinó el período de esplendor vivido por la comunidad estercuelina durante el siglo XVII y que tuvo su mejor manifestación en la construcción del nuevo edificio en el breve período de tiempo comprendido entre 1627 y 1632.

Si el convento primitivo se situaba al norte de la iglesia, la construcción de las futuras dependencias se proyectó en el lado sur de la misma, en un emplazamiento más saludable al estar bien soleado y aireado, de forma que las obras no interrumpieran la vida conventual. El único inconveniente era la irregularidad del terreno, por lo cual fue necesario nivelar la superficie mediante su allanamiento, aprovechando al mismo tiempo el desnivel para la construcción de despensas y bodegas. En tan solo seis años, la comunidad disfrutaba de un nuevo edificio que combinaba belleza y funcionalidad y reflejaba los momentos de prosperidad que vivía. En la planta baja, estructurada alrededor del claustro, se situaban el vestíbulo, el zaguán, la sala de profundis, el refectorio y la sala capitular, todo lo cual ha llegado a la actualidad sin apenas cambios. Desde la gran escalera situada en el claustro se accedía al piso superior que, tal y como recoge fray Joaquín Millán Rubio, estaba integrado por cuatro espacios: "Las espaciosas celdas con ventanas al exterior (cada una con salón, estudio, alcoba y desván), un claustro interno iluminado por cuatro ventanas colocadas en los cuatro extremos, una hilera de habitaciones para los hermanos legos con ventanas interiores, una galería recayente a la luna a través de las veinticuatro ventanas geminadas y que comunicaba con el pasillo central por cuatro puertas abiertas en los ángulos". 

El traslado de los frailes no supuso el derribo del antiguo inmueble, que se mantuvo como noviciado hasta el siglo XX, desempeñando además a lo largo de los años diversas funciones, entre las que se incluyeron la de establo o almacén de grano.

Salvo pequeñas excepciones, las empresas constructivas iniciadas en el monasterio se paralizaron en el siglo XVII para no ser retomadas hasta finales del siglo XIX. Desde entonces, el edificio ha sido objeto de diversas tareas de restauración, con las que se ha pretendido subsanar los daños provocados por el paso del tiempo. La primera de las intervenciones se inició a finales del XIX para solventar las consecuencias dejadas en el edificio por los cuarenta años de abandono provocados por la desamortización, siguiéndole en el siglo XX otras tareas de adecuación, de escasa relevancia hasta la llegada de la década de los setenta.

Es en estos años cuando arranca la ultima fase importante de obras, que se prolonga hasta casi la actualidad, por la sucesión en este tiempo de diversas labores de mejora con las que se ha devuelto el esplendo al monasterio. Lo que en 1975 comenzó como una reforma de la techumbre termino ampliándose, arreglando las fachadas y derribando el antiguo edificio anejo al lado norte del templo. Aunque supuso la perdida de una de las construcciones mas antiguas del monasterio, su demolición permitió dejar a la vista la bella cabecera mudéjar, que había permanecido oculta durante siglos, y restituir la iluminación natural en el interior de la iglesia al quedar libres las ventanas, hasta entonces cerradas por la presencia de este anexo

Fue en agosto de 1986 cuando, bajo la dirección del arquitecto José Fernando Murría. Dio comienzo la gran labor restauradora financiada por el Ayuntamiento de Estercuel, la DGA y la Orden de la Merced, con la que el monasterio adquirió el aspecto que hoy presenta. Se derribo una parte sustancial del inmueble, que incluía “toda el ala de edificio que mira hacia el huerto, desde la pared de la luna al muro de la calle”. Entre todas las labores realizadas en esta larga restauración, que se prolonga hasta los noventa, sobresale la reforma del techo del refectorio, de la gran escalera, de la fachada del monasterio, la sustitución de la solería de la planta baja en su totalidad y la construcción de nuevas habitaciones dedicadas a los miembros de la comunidad. Los frailes mercedarios recibían un edificio completamente renovado, adaptado a las necesidades de la vida actual, pero quizá demasiado grande para una comunidad que comenzaba a ser muy pequeña. Con la intención de aprovechar el amplio espacio disponible y mantener la vida en el edificio, los frailes sugirieron la posibilidad de alojar una hospedería destinada al retiro temporal de aquellos ciudadanos que buscaban un momento de calma. La propuesta fue aprobada, incorporando, así, a la vida conventual un uso de carácter secular en el que se apoya parte de la esperanza de vida de esta comunidad.